El santuario natural
de la Patagonia
Un recorrido de Puerto Madryn a Península
Valdés. Mar cristalino, playas y colonias de pingüinos, lobos y elefantes
marinos.
Fuente: Mercedes Méndez.
mmendez@clarin.com
Las piedras del camino de ripio chocan con las ventanillas de una
combi apurada por llegar. Adentro, Valeria -experta guía de turismo-
cuenta que durante el paseo se verán ballenas, orcas, pingüinos, lobos
y elefantes marinos, pero que con la naturaleza hay que tener paciencia.
Aquí los animales están en su ecosistema y no en la pecera de un acuario
o en la jaula de un zoológico, aburridos de que les den de comer.
La camioneta se detiene para dejar pasar a los guanacos, actores
de reparto que cumplen el papel de pasearse indiferentes frente a
un público al que pretenden ignorar. Al poco tiempo se asoma Puerto
Pirámides, una aldea que mira hacia una bahía silenciosa, en las costas
de Península Valdés, provincia de Chubut. El mar, que puede ser verde,
turquesa y azul en un mismo día, es el acompañamiento de este pueblo
solitario donde el silencio es melodía. El polvo del viaje queda atrás
para transformarse en un paisaje casi anacrónico, detenido en el tiempo.
Puerto Pirámides es un pueblo único para descansar y escaparse de
todo lo que sea sinónimo de vorágine. Con un promedio de 400 habitantes,
esta villa balnearia tiene una pequeña playa en el corazón de la península
y está rodeada de acantilados a los que se puede subir en una corta
caminata y, así, llegar a una vista panorámica del Golfo Nuevo. Estamos
en plena Patagonia, y aquí el atardecer, en verano, puede llegar a
la hora de cenar.
El recorrido hacia la Península Valdés, una especie de gran santuario
natural, comienza en verdad 97 kilómetros antes, en Puerto Madryn.
Esta ciudad, ubicada en la región nororiental de la provincia de Chubut,
a 1.375 kilómetros de Buenos Aires, tiene una población estable de
90 mil habitantes, que llega a triplicarse en la temporada alta. Además,
si se recorre la Argentina de Sur a Norte, Madryn es, en este trayecto,
la primera ciudad de la costa atlántica que ofrece balnearios y aguas
templadas (la temperatura promedio es de 18°C), como para zambullirse
sin temor a congelarse en el intento.
Conocida por su buena gastronomía y hotelería, la ciudad está pensada
para mirar hacia el océano. De hecho, la mayoría de las plazas, hoteles,
restoranes y bares privilegia el mar en sus vistas, un fondo perfecto.
Un recorrido ideal para conocer la ciudad es el clásico paseo costero,
un camino que va junto a la playa y luego sube, y que puede acompañarse
con un cono de rabas o cornalitos que se consiguen en los puestitos
cercanos. En vez de choripanes, aquí se ofrecen frutos de mar fresquitos,
que se pescan ahí nomás, a metros de la orilla.
Las orcas y la armónica
Las historias de hombres y mujeres que se entregaron a la naturaleza
para perderse en cualquiera de las playas de Península Valdés se escuchan
en los bares, se repiten en los museos y las relatan los vecinos.
La más famosa es la de Roberto Bubas, un guardafauna que se comunica
con las orcas a través de su armónica. El vínculo que generó con estos
animales, que sólo lo perciben a él y lo aceptan dentro del agua,
dio la vuelta al mundo como un caso de estudio, y su historia ya se
ha transformado en leyenda.
Las orcas de Valdés son conocidas por su particular técnica de varamiento
intencional en las playas de canto rodado, con la que buscan capturar
a las crías de lobos y elefantes marinos. Más allá de esta excepcional
técnica, la estrella principal de la península es la ballena franca
austral, que popularizó la región por ser el lugar que elige para
reproducirse. Todos los años, a partir de junio, llegan a este golfo
por sus aguas tranquilas, y se marchan por completo los primeros días
de diciembre. Esta área natural declarada Patrimonio de la Humanidad
por la UNESCO, cuidada como los muebles de un anticuario, es un exótico
espacio en el que, todavía, se puede contemplar la naturaleza sin
los efectos depredadores del hombre.
En búsqueda de más vida silvestre, se puede visitar la reserva Punta
Loma, ubicada a 12 kilómetros de Puerto Madryn, habitada por unos
300 lobos marinos. Bucear con estos animales, que llegan a pesar hasta
350 kilos, es una de las propuestas más atractivas para los amantes
del vértigo. Además, en Playa Paraná, un espacio poco transitado y
rodeado de acantilados, se puede bucear alrededor de un misterioso
buque pesquero que se hundió hace más de 20 años y hoy forma parte
del paisaje desierto.
En busca de la aventura
Entre las actividades más buscadas en Valdés, la experiencia de navegar
en kayak por un mar transparente y sin olas es una forma excelente
de adentrarse en los recovecos de la península y conocer, por ejemplo,
las cuevas que formó la erosión del agua. Desde el kayak, y gracias
al agua transparente, se puede contemplar la vida en el océano. Hay
expediciones de hasta 15 días en las que se suele navegar a pocos
metros de grupos de delfines, además de travesías en mountain bike
por los acantilados, sandboard -como el snowboard pero en la arena-
y cabalgatas por la playa. A la noche, los clásicos bares playeros
son el punto de reunión para contar las anécdotas del día.
Y antes de despedirse no puede faltar un buen corderito patagónico
-menú imperdible de la zona- en la estancia San Lorenzo. Este antiguo
galpón de esquila del norte de la península, abierto de setiembre
a abril, está muy cerca de una reserva de 150 hectáreas con una colonia
de 300 mil pingüinos, atareados en construir más de 75.000 nidos,
ante la mirada atónita de los turistas que no pueden parar de sacar
fotos. El show de la naturaleza en su máxima expresión llega a su
fin. Entre aplausos y una fascinación que tardará en irse, cae el
telón.
|